No murió, no morí
no le desgarraron sus besos de marfíl.
Era tan Dulcinea que las avejas danzaban alrededor de sus caderas.
Sus labios derretían las palabras que salían por su boca
y sus manos eran gélidas flores de invierno, esperando colorear primavera.
Él está tocando su canción,
su canción de después de fundir sábanas blancas.
Es inspirador, no le importa que sea o no cierto,
a ella le gusta pensar que ella es esa melodía,
que es su olor, su piel, su mirada, su jadear.
Y entonces la guitarra ya no es amante enemiga ni resquicio traicionero,
es acústica brisa que despierta sus amaneceres más solitarios.